¿Por qué no?
Escribir y soñar juntes para darle la vuelta a la impotencia
Estaba lavando los trastes una noche, antes de hacer la tarea para ir a la universidad al día siguiente. Y sin pedir permiso se presentó un poema sobre la cocina de mi madre.
Todavía recuerdo como tomé la libreta y se escribió con sus frascos, su voz mi madre cantando a solas, creyendo que nadie la escuchaba, feliz en su cocina. Esa a la que su neurosis no me dejaba entrar tan a mis anchas.
Así apareció el poema, y bueno me tarde un poco más en lavar todos los trastes.
Hace un par de años, en una entrevista en una radio universitaria, uno de los entrevistadores — medio provocador o genuinamente contrariado — me preguntó por qué yo decía que Sueño per cápita & Wonderful production era un libro de poemas. Si él no distiguía versos y menos versos puros, que había prosas y cosas raras.
Mi respuesta fue: ¿Por qué no?
La poesía como yo la concibo se expresa de diversas formas: quiebra y reconcilia nuestras contradicciones, la complejidad de las cosas que tomamos y de las que soltamos. Nos permite saber que lo perceptible es una perspectiva y que los enunciados son opiniones, no hechos. Y el poema, a veces, aclara.
Para que la expresión poética verbal exista se combinan tres dimensiones del lenguaje sumamente visibles y protagónicas: la semántico gramatical, la gráfica visual y la sonora. Además de todos los saberes que intervienen para que medianamente podamos interpretar y responder a un enunciado.
Eso es lo que se le ha querido dar a la inteligencia artificial para que nos entienda y nos comprenda y nos de respuestas plausibles como versos que se portan bien. Y por esa misma razón es que la poesía se le escapa a la IA. Y porque hacer poemas desde otro espacio, en compañía, es tan necesario.
Para el poema todo comienza con una imagen contundente que se apuesta en algún lugar de la página. Por eso para muchos poetas es tan necesario liberar el verso de su flacura y arrinconamiento en la parte izquierda. Sacarlo de ese espacio castigado al que cierta tradición lo acomoda.
Lo que nos avasalla
Vivimos tiempos en que la impotencia nos visita con una regularidad insoportable. Las guerras. Los territorios amenazados por el extractivismo y los despojos. Las urgencias que se acumulan y que parecen demasiado grandes para nuestras manos.
Y sin embargo.
Sin embargo lavamos los trastes de noche y escribimos poemas sobre la cocina de nuestra madre. Sin embargo cantamos a solas creyendo que nadie nos escucha. Sin embargo seguimos apostando imágenes en la página y la exploramos. Nos salimos de los márgenes. Desacomodamos lo acomodado. Nos desandamos, desanudamos; antes me encantaba decir: ¡Nos deschongamos!
No porque la escritura resuelva las guerras o las contradicciones. Sino porque escribir y soñar juntes es una forma de no rendirse, de imaginar y cocrear otras realidades en las que tengamos mejor suerte colectiva. De mantener vivo el tejido de lo que somos cuando nadie nos está mirando y de mirarnos posibles. De recordar que lo perceptible es una perspectiva — y que podemos cambiarla. La única lucha perdida es la que se abandona… dicen.
Células que sueñan
En Arboretum llevo tiempo acompañando exactamente esto: la escritura como práctica de resistencia y de cuidado. Como posibilidad transformadora. Como espacio de recuperación y confianza. Como acto.
Células que sueñan es el espacio donde seguimos. Ciencia, poesía y las preguntas que nos convocan y nos encuentran. Si sientes que algo de lo que escribo aquí te pertenece también, el acompañamiento está abierto.
¿Escribimos para salvar la especie?
Acá te pongo dos…
APUNTE DE COCINA
En la cocina de mi madre
no sólo hay ajos y cebollas,
también pulula su corazón trozado,
sus consejos aterrados de tiempo;
un pedazo de cielo, flores, altares
y luces de un porvenir que nunca llega.
El silencio y el grito desgarrado,
su risa coloreada en rosa
y la música que escucha a solas.
Surte la despensa con el piloncillo rancio
de los días tristes
y prisas, muchas prisas
que escaldan la lengua
como el café caliente.
En un frasco de sal
guarda todo noviembre y algunos recuerdos de su padre.
Por la ventana entra ella, y con ella
la brisa de una navegante
que después de un ancestral naufragio
sólo se contenta con escribir las memorias de sus viajes.
Y para cerrar, Gerardo Deniz — porque su poesía tampoco pidió permiso nunca:
TOLERANCIA
Que ocupes una mesa frente a sillones obesos, escribiendo
con diez dedos más despacio que yo con cinco,
no es cosa que te perjudique, a decir verdad; tan
estragados estamos.
Simplemente, consuma la transustanciación en los ene
pisos del ascensor
para que al llegar a la calle
hayas dilapidado ese tufo penetrante a eufiteusis,
fideicomisos, derechohabientes, cónyuges supérstites
y el número de hoy del Diario Oficial.
—vamos pues; no era para tanto. Al fin y al cabo mi
poesía no aborda grandes asuntos.
Viéndolo bien, en una hora hay tiempo apenas
para seis botones, el zíper, una hebilla, mientras
maúllas (como si fuese un imperativo del Código de
Procedimientos; v., por si acaso, Fargard 16 y 18
in fine) que anoche alunizaste en el Mare Crisium
y andas tigresa como tú dices.
Gerardo Deniz, Gatuperio, 1978
Antes de irte, algunas cosas que no te quiero perder:
Sonidos por Venezuela
Baile de recaudación de fondos presentado por Nochenegra.
📅 Viernes 24 de julio · Salón Los Ángeles · CDMX
Porque la solidaridad también se baila.
Células que sueñan: Lectura y celebración · Freims
📅 Sábado 25 de julio 16:30
Escucha, conversación y compañía. Nos vemos ahí.
Rifa · Hotel de lombrices, libros y más durante la lectura
Un compostero de barro artesanal hecho para trabajar con la Tierra — las lombrices entran y salen libremente, transforman tus residuos en suelo fértil. Compostar como lo hace la Tierra: en libertad.
Con alegría y salud para cada una de tus células



